—Lisa —comenzó a decir la Sra. Robinson — Nunca conseguirás un buen esposo si sigues con esas ganas...
— Es que...
— Se que te fastidia todo esto de los bailes y costura... Y eres un poco torpe en ellos pero... — La mujer suspiro— Es obligatorio y más si eres hija de semejante profesor.
— Disculpe Señorita — Lisa puso cara larga. — Pero no me obligues a bailar otra vez... Me molesta ver lo torpe que soy y salgo rindiéndome.
— Esta bien... Ya puedes irte entonces. — Lisa comenzó a recoger sus materiales y se despidió con un beso en la mejilla. — Mañana continuaremos con clases de piano... Eres excepcional en eso.
— Hasta mañana — Lisa comenzó a bajar las escaleras de la academia. Ya llevaba como mucho un año en ella desde que cumplió la edad de presentación. La academia era algo obligatorio para las chicas del pueblo, por supuesto como todo en el país, era dividido para ricos y para pobres; Lisa tenía suerte de que su padre fuera Mateo North (uno de los mejores profesores) ya que le habría muchas puertas en la sociedad.
— Auch. — Lisa sintio el golpe para luego tambalearse. Había estado pensando en lo que podría haber para cenar y olvido mirar al frente.
— ¡Por lo menos discúlpate! — escucho la voz de una chica. — Fue tu culpa después de todo.
Demonios. — Lo siento. No estaba prestando atención. — Lisa pudo mirar que se trataba de una chica con cabello color azabache y grandes ojos grises. Su cara le era familiar y la señora que la acompañaba debía de ser su madre, era tan similar a ella.
— Eso es obvio. — La muchacha sonrío y miro a la que parecía su madre — Mamá... Si asi son los estudiantes imagínate la academia.
Su mádre respiró profundo y pareció haberle dado un codazo a su hija. — Discúlpala, es su primer día aquí... Esta algo nerviosa.
— No lo estoy. Odio este lugar, eso es todo.
— Es normal... — Lisa sonrío nerviosa a las dos peli negras. — Es un buen lugar, por más aburrido que parezca.
— Tu lo dices porque de seguro te encanta el té, el piano, los libros y hornear galletas — Lisa se sonrojó, ¿tan predecible era? — A una chica como yo que le gustan los caballos, arcos y flechas y cazar conejos... Esto es el infierno.
— Es suficiente ... Nos vamos. —La mujer tomo a su hija y comenzó a subir las escaleras hacia la academia. — Espero que consiga amigas aquí... — Más que un pensamiento parecía pedir un favor.
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Lisa estaba de buen humor hoy, la clase de cocina había sido buena, en la práctica de baile le había ido mal pero luego de comer algunas galletas junto a su grupo de amigas lo olvido, y al terminar su clase de piano su humor estaba a la perfección. Le encantaba el piano casi como le gustaba leer; siempre le guardo rencor a su tía por llevarse el piano de la familia, pensó que si eso no hubiese pasado, a sus quince años sería la mejor pianista del país.
—Señorita Robinson. Es hora de irme. — La castaña solía tomar el turno de nueve a tres, así podría ayudar a su madre en las tardes con la cena. — Nos vemos mañana nuevamente.
—Adiós Lisa. — la señorita Robinson dejo un paquete en sus manos. — Esto sobro de la clase de cocina, te las regalo. — Con solo sentir aquel paquete tibio sabía que se trataban de más galletas.
La muchacha comenzó a bajar las escaleras y mirando al frente para no cometer el mismo error de ayer. Luego de estar a una cuadra de la academia la lluvia comenzó a apoderarse de las calles y Lisa se refugio bajo el techo de la panadería más cercana.
— Los cielos está enviando señales. — dijo una voz femenina. — Lucas, ellos no quieren que asista a clases.
— En cuanto termine de llover te llevaré. Los cielos no envían ninguna señal a los flojos.
Lisa comenzó a reír, podría apostar lo que fuese que la voz a su espalda se trataba de la chica del otro día. ¿Tanto detestaba la academia?. Parecía que trataba de convencer a todos lo que encontraba en el camino.
—¿Amiga? — Lisa escucho decir a la chica. — ¡Amiga, pero si eres tú! — la chica la abrazo y Lisa se sobresalto sorprendida ¿eran amigas siquiera?
—Ho-Hola. — Lisa la miro confundida y la azabache le guiñó un ojo.
—Lucas, puedes irte y dejarme con ella aquí. Ella es de mi clase... ¿No es así? — la muchacha pellizco tan fuerte a Lisa que esta termino apartándose.
— ¡No! — Lisa la miro sonrojada y luego al muchacho (quien le parecía familiar), el vestía un atuendo militar y y sus ojos grices parecían agotados. — Lo siento, pero no se de qué habla. — Lisa miro en otra dirección tratando de recordar de dónde le parecían tan familiares aquellos dos.
— Traidora. Te perdoné que te tropezaras conmigo y de esta manera me pagas. — la muchacha miro fastidiada a Lisa. — Me vengare.
—¿Qué cosas dices Holly? — El chico se aclaró la garganta y comenzó con voz firme. — Primero deja de meter a otros en tus asuntos y segundo, no puedes culpar a esta pobre chica de tropezarse... Es algo común.
— Calla. No eres mi padre. Ni siquiera sé qué haces aquí... — la muchacha se cruzó de brazos y Lisa aguanto las ganas de reír, le recordó a las discusiones con su hermana.
— Si no te escapases de camino a la academia nadie tendría que llevarte hasta a allí. Solo ayudo a mamá —El chico parecía de verdad irritado, al igual que su madre hace unos días.
El lugar se lleno de un silencio, y solo se escucho las gotas de lluvia caer. Holly, la chica de cabellos negros resopló y entro en la panadería.
— Siento mucho la actitud de mi hermana... Ella no está acostumbrada a ese ambiente en la academia. — el chico rubio a su lado comenzó a decirle.
—Esta bien. — Lisa sabía quién era el, y porque le era tan familiar. Miro en otra dirección tratando de ocultar su rostro, no quería ser molestada otra vez por haber caído en el charco. — Es normal... Al principio tampoco me gustaba. Después encontrará algo que le interese.
—Si... Bien, iré adentro. Si te apetece comer algo no dudes en pedirlo. — El le dedico una sonrisa y Lisa pensó que quizás la academia militar lo había hecho madurar. —Siento mucho lo de hace un rato.
— Esta bien. No hay problema. — Lisa le devolvió la sonrisa y él se dio media vuelta y entro al lugar donde segundo antes había entrado su hermana.
Después de unos segundos Lisa se alegró de no haber sido reconocida, le avergonzaba aquella caída y luego de que se lo contase a unas de sus amigas ella continuaba molestándola hasta el sol de hoy; le era suficiente con eso.
Al terminar de llover se fue en dirección a su casa con más ganas de comer que de seguir viviendo.
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